Hoy soñé con una antigua amiga y
el joven que fuera su novio. Como es común, poco recuerdo del sueño y mucho
menos puedo contar gran cosa de él. Sin embargo, y como también es común,
cuando en ese sueño hay una idea fija, repetitiva, asombrosa o fuerte, esa
idea, en general, sí es recordada una vez que ha terminado este.

Tras una frenética búsqueda en
Facebook, intentando actualizarme en la vida de mis antiguas amigas, viendo
esas fotos en las que estamos abrazados, riendo y pasándola bien, viene a mi
mente la reflexión de Yann Martel, en su libro Life of Pi, donde afirma que la dinámica de la vida implica dejar ir, y lo que duele de ello es
cuando no puedes decir adiós. Afrontando la realidad de que, en estos momentos,
las cosas jamás serán como antes, me pongo a reflexionar si les pude decir
adiós. Y la verdad es que no. Como el ser humano horrible que era e intento no
ser, cambie su amistad por la de otras
personas, y si bien me arrepiento de ese hecho, me alegro haber conocido a sus reemplazos.
Y a estos nuevos amigos, a los
cuales me aferro a no perder, sé que existe la posibilidad de que algún día
tenga que decirles adiós; pero ¿sabré que el momento ha llegado? ¿Será frio el
adiós, como el que le di a mis amigas del bachillerato? ¿O será caluroso,
solemne, efusivo y lleno de lágrimas? ¿Estaré preparado? Mil preguntas más
pueden llegar a mi mente, pero me quedo con una simple conclusión: no lo sé.

Por lo pronto, antiguas amigas y demás personas
de las que me he despedido, les reitero mi adiós. Si hemos de encontrarnos en
un futuro, no sera borrar el adiós ya dado, sino un nuevo hola, ya que seremos diferentes personas, y tal vez simpaticemos o
no. Mientras tanto, y ocurra el reencuentro o no, el recordar a estos despedidos me hace recordar y
reflexionar en el yo que era antes, del que ya me he despedido